Según encontré en el diccionario, una biografía es la historia de la vida de una persona, lo que quiere decir que si voy a escribir una pequeña biografía de mi mismo, tengo que contarles mi historia.
Nací hijo de Julio César de León y María Emilia Rivera, mi padre un ingeniero civil y mi madre una administradora y ama de casa. Eso fue para el año de 1987, un 25 de Mayo para ser exacto. Antes que yo, habían llegado dos hermanas: Ana Pamela quien me lleva cinco años y Paula Sofía que me lleva un año y medio.
Esto sin contar los otros cuatro embarazos de mi madre, que por alguna u otra razón ninguno pudo finalizar como mis padres lo deseaban; si hacemos las cuentas llegamos a que mi nacimiento fue el resultado del séptimo y último embarazo que mis papas tenían planificado.
El cristianismo de mis padres como proceso natural y casi inevitable, me fue inculcado desde que hago uso de razón – y talvez un poco antes- por lo que me convertí en un creyente.
Estudié en colegios Cristianos, disfrutaba de los beneficios de ser un niño. Como único varón entre tres hijos y único nieto entre 14 primas, no voy a negar que me consentían. Mis caprichos eran atendidos según las posibilidades de mis papas –las cuales cabían entre un rango de estabilidad y comodidad -.
El deporte no era una de mis actividades favoritas, recuerdo el día en que trate de ocultarle a mi mama que había un juego de fútbol de parte del colegio; pero de alguna manera ella logró averiguarlo y me obligó a ir a jugar.
Yo más bien prefería jugar con mis muñecos, crearles sus guaridas e incluso hacer películas con ellos, o crear guerras mundiales con tan solo un par de pistolas de plástico, una granada, y los efectos de sonido que mi creatividad me daba para hacer aquel ambiente lo mas real posible.
Con el tiempo, me di cuenta que ese tipo de actividades no me ayudarían del todo a desenvolverme socialmente, no quiero decir que no tenía amigos, pero reconozco que la atención en el colegio siempre la han atraído los deportistas. Fue cuando estaba en sexto grado que entré a un equipo de fútbol -claro que la que mas impulsó esta nueva actividad fue mi madre- ese mismo año mi entrenador me permitió representar al equipo y recibir el trofeo del campeonato como una recompensa al esfuerzo que hice durante ese tiempo.
El gusto que empecé a desarrollar por la actividad física y mi afición por las guerritas y los soldados, me llevo a una conclusión: Quería estudiar en una escuela militar. Después del largo trabajo que me llevo el convencer a mi papá, logré inscribirme en el Instituto Adolfo V. Hall Central, y para el dos de enero del 2,000, ya era un niño de trece años, rapado como militar, y vistiendo un uniforme color cocoa con el pantalón metido entre mis botas negras bien lustradas. No supe distinguir si era una pesadilla o un sueño hecho realidad – aunque ahora pienso que fue un poco de los dos- pero lo cierto es que aquella época dejó una huella para el resto de mi vida.
Fueron necesarios dos años para darme cuenta que el ejercito no era parecido a aquellas historias que con mis “GI-JOES” acostumbraba jugar. –Sin saber que lo que en realidad buscaba, era satisfacer la necesidad por vivir en el mundo de fantasía al que solo mi imaginación me podía llevar-.
Tomé la desición de salirme y entrar al mismo colegio donde estaba mi hermana Paula, el Shaddai, es un colegio cristiano que dentro de su circulo goza de prestigio, en el que iba a tener que darme cuenta y adaptarme a las grandes diferencias sociales que muy comúnmente vemos en países como el nuestro.
Mientras que con mis amigos del Hall nos hacía felices colarnos en el Club de oficiales del Ejercito, jugar y nadar un rato, luego tomar una camioneta que nos llevaría a la Montúfar para poder comer una pizza entera entre todos. A mis amigos del Shaddai; en cambio, les daba por ir a los lugares más “in”, vestir a la última moda y para las vacaciones ir a nadar, pero no al club de oficiales, mas bien a sus casas de verano en la playa.
El cambio fue drástico, pero con la seguridad con la que me había ya desarrollado, el apoyo económico de mi papa que aunque para esa época ya no era tan estable ni tan cómodo, y la afinidad que había logrado con el deporte, logré subsistir y de hecho creo que lo hice bastante bien.
Básicamente esa fue mi vida para los últimos años de la secundaria: estudiar, socializar, algunas novias, algunos intentos de novias, hacer deporte, trabajos como vacacionista, y las actividades que realizaba dentro de la Iglesia.
Era el último año, estaba por terminar una etapa y empezar otra, pero ¿que pasos habría de seguir en esta nueva etapa? Por mi mente había pasado el estudiar Hotelería y ser el próximo dueño de una cadena internacional de Hoteles.
Las críticas de mis compañeros y la insatisfacción de algunos maestros y de mi papá por mi elección, hicieron que me olvidara de esta idea. Quedaban muchas opciones, pero la mas cercana, exitosa, viable e ideal –o al menos eso era lo creía para ese momento- era la Ingeniería civil, si, seguiría con la empresa de mi papá, seria el jefe y la llevaría a otro nivel, todos los contactos estarían resueltos y mi éxito como profesional en la construcción estaría asegurado. Paso el primer semestre en la universidad y las cosas parecían estar bien, mi rendimiento no era el mejor, pero era bueno. Luego en el segundo semestre, ya no lo pude evitar, la suma de todos los intereses que desde niño había estado desarrollado, las actividades de teatro y de televisión que realizaba en la Iglesia, todos aquellos sueños de ser parte del mundo del entretenimiento -que creía eran normales en todo niño y adolescente - empezaron a cobrar su factura.
Empecé recibiendo clases de actuación, a participar en pilotos de un programa de televisión, ver y analizar las películas y series desde un punto de vista distinto, soñar con ser un director de cine, actor y productor de Televisión…
Ya no era posible, esos anhelos se habían apoderado de mi, ir a la universidad y pagar por aprender algo a lo que no me quería dedicar era absurdo, la impotencia ante el sentimiento de estar perdiendo el tiempo, el no saber que camino debía de tomar, a quien escuchar, no saber como escucharme a mi mismo, esperar una respuesta divina; era como una tortura mental, pero que traería como resultado uno de los regalos mas preciados que podemos recibir en la vida: una vocación, un llamado.
Decidí luchar por poder dedicarme y ser alguien en el teatro, la televisión y el cine, estas grandes pasiones que ahora son parte de mi vida. Pero que para aquel momento tuve ir descubriendo de poco en poco, dos años después de haber ingresado a la Universidad del Valle como estudiante de ingeniería civil, estaba solicitando mi papelería para el retiro.
Después de haber solicitado becas en muchas universidades de otros países y darme cuenta que las más viables son las que dan con una licenciatura de prerrequisito, decidí ingresar a la facultad de humanidades y estudiar comunicación.
Actualmente he realizado 4 temporadas de obras de teatro profesionalmente y estoy por empezar una próxima; además trabajo como editor para el canal 13 que es parte de los cuatro canales que monopolizan la televisión del país. Lo cual veo como el inicio de todo lo que de acuerdo a mi esfuerzo, visión y según la voluntad de Dios, puedo llegar a lograr.
Esto último no me define a un cien por ciento, aunque obviamente si forma gran parte de mi. Creo que el ser humano es un complejo sistema de pensamientos e ideas, motivados por una personalidad y las distintas experiencias vividas. Y es que en la vida, hay que soñar, luchar y alcanzar; pero nunca hay que dejar de agradecer, devolver y disfrutar lo que se tiene en el presente.
lunes, 27 de agosto de 2007
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1 comentario:
Me gusta mucho como escribís, pero te faltan textos.
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